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Cuando la memoria nos olvida: historias en medio de la lluvia

Por Óscar Aleuy / 6 de abril de 2025 | 00:10
Típica construcción antigua de los campos ayseninos. Una escuela olvidada en Lago Pólux. (Foto Grupo NLDA)
Como una marisma, como un charco de agua que engaña y molesta en medio de la huella, Aysén parece que se tocara a sí misma para convencerse que sigue viva su historia a través de los días.

Jonny Huenchur y Magdalena Terao se adelantaron cuatro pasos y avanzaron por el muelle. Un barco viejo los dejó frente al mar y a las olas lluviosas. Sus abuelos vivían hace tiempo en el lugar, incluso habían levantado una casuchita a orillas del Mañihuales. Venían a buscarlos para llevárselos de ahí y parecía que los ancianos no estaban muy convencidos de irse y abandonarlo todo.

Bastaron un par de días para aclimatarse y después estar seguros de los siguientes movimientos. Llegaron a esa primera villa, desolada y ancha calle única, feroz, casa y árbol de lado a lado, monte y horizonte, viento que no cesa, lluvia, lluvia. Carlos y Clementina Riquelme, los abuelos, vivían pegados al goteo del nunca acabar, con un verdor atento que reventaba de lindo en todas direcciones haciendo que se levantaran los colores de la pradería.

Se sentían orgullosos e importantes, pues formaban el grupo de los tres primeros que entraron a ese vallecito del Mañihuales, junto a Benito Vega y Manuel Guzmán, en un tramo de imposibles, donde otra batalla se los llevó lejos y los hizo héroes inolvidables en la epopeya de la fundación.

Jonny me busca 

Jonny me busca y me encuentra, quiero de una vez tragarme sus historias, la descripción maravillosa que hace de la vida, con palabras de su mismo idioma de chicuelo, con el sonsonetito ese tan de Aysén ¿no? El mismo que ahora me mira de reojo y me sonríe junto a sus hijos Carlos Ramón, Maira, Tamara y Jonny como él. Y una mujer, la suya, su María Magdalena, sonriendo feliz entre los chochos.

Otros los acompañan bajo el viento tibio, como Carmen Arias, Pablo Aguila, Orozimbo Rivera, que arrastran por la vida el título de primeros en entrar a Lago Verde, tierra lluviosa donde los valles transmiten en lontananza las fundaciones y los aullidos de guerra de los primeros colones, grito a grito frente a la selva. Algunos como el valiente Daniel Traihuanca que aparecieron por el sur, del Magallanes, a establecerse en las feroces tierras ayseninas hacia 1937, endilgando hasta al fundo de Juan Foitzick Casanova, para soportar más de una treintena de días fríos, con la intención de echárselas para el Murta y encontrarse con los terrenos propios, de cuya existencia venían escuchando ya hace una tracalada de meses. 

Cuando llegó a la cuenca del río, descubrió y armó su recordado fundo Santa Rosa del Valle, formando familia con Eliana Caro y engendrando a Juana, Rosa y Osvaldo. Me contaron sus historias las familias, cuando salía de Coyhaique después de la radio los jueves y me aperaba de dos linternas y un fajo de billetes de mil para lo que necesitara en el camino. Tenía que pasar la noche en los asientos traseros y había dos frazadas que le pedí a Víctor del Correntoso, que eran de la Cloti. Ella misma las tejió en Cunco, cuando era una niña y no había llegado todavía a Balmaceda.

Traslado normal de carga desde Coyhaique a Mañihuales, don Amancio Casas. (Foto 1960 Grupo NLDA)

No se olvidaron de decirme algunos otros de más al norte que en la costa del Gran Lago Chelenko hubo etnias mapuches que dominaron los páramos y establecieron ahí grandes asentamientos y que vivían en medio de esa larga tierra los Traihuanca, los Pichún y los valerosos Anticura. Reventaban en sus cosechas pródigas los trabajos mudos de Feliciano Remolcoy y toda su familia de chicos laboriosos y también comenzaban ya a sonar los nombres de esos notables hermanos Apolinario y Saturnino Inayao, maduros adalides de las defensas contra los usurpadores de las tierras por 1919.

Don Cleme ¿pa´cuándo estará el violín?

Clemente Andrade, fue el paisano más buscado del sector El Balseo cuando llegaban de todas partes de la península las gentes de las fiestas y ramadas dieciocheras. De sus manos diestras emergían los sones de instrumentos musicales lanzados al polvo seco de los caminos.

Quienes hayan conocido a don Clemente, seguramente recordarán sus chispeantes ojos y su pequeña estatura. Era él mismo, un cuerpo donde habitaban sus versos brillantes y oportunos y sus payas llenas de ingenio campero.  Como artesano fue capaz de construir embarcaciones, con terminaciones de lujo, utilizando maderas de ciprés y preocupándose siempre de que la quilla vaya a ser de tepa. ¿Vió? Sus botes de madera eran los más solicitados por los chilotes de las islas cercanas. 

Además, era un paisano que sabía todo sobre aperos y sogajes, yugos de excelente calidad, estribos, carros de madera para el transporte y casas de dos aguas que construía con el sistema de palo amordazado. Notable aysenino, lleno de bríos para merecer aplausos y continuar la vida después de que se fuera de este mundo.

Al observar desde lo alto del Baguales el pedacito de pampa que era en donde estaba la botica de la señorita Amalia, y que era lo único visible rodeando el calafatal y monte por todos lados, a don Liborio se le entró el habla. Nunca había imaginado lo que estaba ahora viendo, y jamás nadie le había contado los detalles de este lugar tan especial. Nos refirió por ejemplo que había un corral de varas que servía para que los jinetes agarren caballos. Esos que pasaban a pie por ahí, tenían derecho a tener un caballo, a montarse sobre, él, recorrer su camino y devolverlo después en la primera comisaría de carabineros que encontraran en su recorrido. Recordó que los ingleses tenían cuatro estancias que ellos manejaban muy organizadamente y que eran Coyhaique Bajo, Coyhaique Alto, Baño Nuevo y Ñirehuao.

Liborio Oyarzún pasó la noche por primera vez ahí en la pampa del corral, cerca de los corralones, en un campamento improvisado, y nos dejó datos notables, por ejemplo que todos alojaban en ese tiempo en campamentos como esos, que se llenaban de gente de diversa procedencia y que uno miraba a todos lados y encontraba gente igual que uno, buscando trabajo con urgencia. O sea, nos aclara, ahí en la Pampa del Corral había como un verdadero mercado, donde los ingleses podían elegir todo tipo de trabajadores, carpinteros, herreros, peones, capataces, arrieros, gauchos, qué se yo...

Primera década de Puerto Aysén. El Hotel Vera, punto de reunión, ceremonia cívica 1932 (Foto Grupo NLDA)

Desde la villa Steffens al Balseadero.

La cosa estaba bastante clara. Por las huellas de la villa Steffens se notaba que era un paso obligado de jinetes y carreros, de caminantes y posteriormente de vehículos. Cuando se construyó la famosa garita a la vera de la huella, una cancha de fútbol doscientos metros al interior y la recordada escuela del Balseo, de la cual se tienen innumerables recuerdos, vino el fotógrafo Rabah que era libanés, y tomó fotos bellísimas con una pericia rara para esos tan precarios días.

Los primeros pobladores conocidos del antiguo lugar fueron Abundio Fontecha Martínez, quien se pobló en 1931, y Juana Parra Sánchez, dos años antes.

El lugar prontamente comenzó a ser considerado sólo como tránsito y sitio de balsas que trasponían el torrentoso río Mañihuales, alcanzando orillas en breves 15 minutos o algo más. Desde entonces se nombró mucho más como El Balseo. Hacia 1902 ya cruzaba una balsa por ese lugar, que estaba a cargo de los ingleses de la Compañía Industrial del Aysén, específicamente de la gente de la comisión chilena de límites. Sólo hasta 1920 fue levantado el pequeño retén que luego, en la década de los 60 fue derribado por vejez y desuso, no así la escuela que sigue funcionando y el viejo puente que sirve de solaz a visitantes. Todo ocurría ahí mismo, en la ribera sur del Mañihuales, ya que al otro lado orillaba una angosta huella entre barda y costa.

Esos lindos paisanos se niegan a irse. Mientras escribo estas líneas en el silencio de una noche viñamarina con agua y oleajes alrededor, pienso en mi tierra lejana y me salen de no sé dónde las ganas de recordar a todo este puñado de gentes que respondieron al llamado de la historia quedándose toda la vida allá.

En 1932, los primeros balseros que ya trabajaban en el lugar oficialmente contratados por la compañía eran Lorenzo Montecinos, Lorenzo Gallardo y Pedro Rivera, quienes comenzaban con gran diligencia a hacerse conocidos por su prestancia y capacidad para sobrellevar la responsabilidad de manejar las peligrosas balsas, especialmente en la temporada invernal. Unos cuatrocientos más abajo, hacían lo propio dos balseros muy recordados, don Luis Flores y don Roberto Millacura.

La primera profesora que vino a hacerse cargo de funciones en la vieja escuela del sector era doña Jacobina Pradel, quien venía ya casada con el importante vecino del lugar Víctor Schwartz. Ambos tuvieron una hija, a la que pusieron Viviana. Es por eso que el lugar se conoció con ese nombre. Dos kilómetros más allá del puente, había levantado su casa esta conocida familia pionera. La misma construcción sirvió para albergar la primera escuela, que funcionó como tal hasta que fue inaugurada la actual, una vieja fachada que se mantiene hasta nuestros días.

Esta singular familia se dedicó incansablemente a permanecer a cargo de un predio colosal, con ubérrimas tierras que les hacían responder a sus encantos. Fue así que no faltaba nunca la buena chacarería, la leche, la miel, las hortalizas y mucha criancería de animales, especialmente vacas, equinos y cerdos.

Iba a contar la anécdota de los chanchitos que se pasaban al patio de la vecina, pero eso quedará pendiente para una nueva crónica.

Huelga decir esto: cada vez que mi cariño por lo natal sale a relucir, me pongo de bruces en mi cama, tratando de hincarme un poco y rodear con mis brazos esos libros que me ayudan a construir tanta cosa olvidada. 

El asombroso modelo español de la colonización siglo XXI

Leí hace poco un artículo en el Diario El País de Madrid donde dan cuenta del tratamiento del gobierno con ciertas comunidades alejadas de los centros urbanos a las cuales se les asignan hijuelas o terrenos para que vivan en ellos toda la vida. Estaba mirando una foto muy atractiva donde aparecen estos nuevos colonizadores de los tiempos contemporáneos, dueños de su propia tierra, la cual deben hacer producir para  venderles al estado, que cubre todo el procedimiento de sembradío, producción, cosecha y entrega. Estos primeros tuvieron la suerte de nacer en esta época de luz, donde mentes privilegiadas acuden a asignarles tierras y les hacen ganar dinero, bastante más que lo que necesitan para subsistir, convirtiéndolos en habitantes distinguidos y muy relajados.

¿Imagina el lector lo que hubiera pasado a principios del siglo XX si se hubiera implementado una colonización de este carácter? Cada familia con su tierra. Lo curioso es que no eran áreas medidas como hijuelas cuadradas o poligonales. No. Eran franjas angostas de 500 metros de ancho por 2,5 km. de largo, separadas cada una por cercos y donde los mismos propietarios debían elegir los productos a cultivar. Menuda genialidad, ya que la ciudad se transforma en una fábrica de producción. Casas con patios largos y angostos. La gente vive feliz con una gran entrada económica y con todas las comodidades.

Lo puse aquí cuando termina el artículo, para representar a los ayseninos con toda la penuria que tuvieron que pasar, y efectuar un parangón entre un país y otro, en épocas muy diferentes. Y ordenanzas oficiales también muy inteligentes. 

Aysén, la memoria no te olvida.

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Oscar Aleuy, autor de cientos de crónicas, historias, cuentos, novelas  y memoriales de las vecindades de Aysén. Escribe, fabrica y edita sus propios libros en un difícil trabajo. Ha escrito 4 novelas, una colección de 17 cuentos patagones, otra colección de 6 tomos de biografías y sucedidos y de 4 tomos de crónicas de la nostalgia, niñez y juventud. A ello se suman dos libros de historia oficial sobre la Patagonia y Cisnes. En preparación un conjunto de 15 revistas de 84 páginas puestas  en edición de libro y esta sección de La Última Esquina.
 

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